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Miedo a la vida: La sabiduría de Alexander Lowen (segunda parte)

Vuelvo a compartir algunas de las magníficas reflexiones extraídas del libro “Miedo a la vida” de Alexander Lowen. El Dr. Lowen ha sido una de las personas que más han influido en la psicología profunda, discípulo de Wilhelm Reich divulgó y revolucionó la obra del mismo. Ambos son conocidos por la importancia que daban al cuerpo en psicoterapia, algo esencial, obvio y frecuentemente obviado: una persona que contenga y no se permita expresar la rabia o el llanto tendrá fuertes tensiones musculares en los maseteros de la mandíbula y en la musculatura profunda de la garganta; alguien que haya tenido que suprimir los sentimientos tiernos y amorosos tendrá la musculatura del pecho endurecida, encerrando el corazón en una especie de caja fuerte; quien no haya podido vivir una sexualidad natural (y prácticamente nadie en nuestra cultura la ha podido vivir) tendrá fuertes tensiones en la zona pélvica… Los mismos músculos que participan en la expresión de un sentimiento son los mismos que se encargan de su contención, y contenemos crónicamente cuando estos sentimientos los experimentamos como prohibidos, sucios o indecentes en nuestra infancia: “Los niños no lloran” (si el llanto se suprime en el tiempo acaban por aparecer fuertes tensiones en los maseteros y en la garganta); “No te toques ahí” (y la pelvis se quedará rígida como una piedra), valga decir que no es necesario que esto se le diga al niño literalmente, una mirada de desaprobación o la retirada del afecto cada vez que ocurre esto tiene las mismas consecuencias. Como decía el neurólogo, psiquiatra y psicoterapeuta integrativo Juanjo Albert hacer terapia sin tener en cuenta al cuerpo puede resultar tan difícil como pretender beber un vaso de agua reflejado en un espejo. Os dejo con las palabras de Alexander Lowen:

 

“Normalmente, los actos de una persona sana evidencian un buen equilibrio entre ser y hacer, entre sentimiento y pensamiento, entre espontaneidad e intencionalidad. La total armonía de la mente con el cuerpo, del «yo» con el «ello», se manifiesta a la vez con movimientos que son espontáneos y controlados. Esto puede parecer contradictorio, pero sólo la combinación de ambas cosas produce acciones armoniosas y eficaces, que son totalmente naturales pero también apropiadas a la situación. El individuo en que estos factores están en armonía tiene APLOMO, GRACIA y DIGNIDAD. En una persona así el ser se eleva a su más alto nivel.

 

El hacer puede superponerse al ser, pero no sustituirlo. Si somos personas auténticas podemos hacer y producir expresándonos a nosotros mismos. Lo que hacemos no nos define, pero puede mejorarnos. Pero si no somos personas auténticas, hacer o producir no servirán para remediar nuestras carencias. Uno no puede convertirse en persona por la vía de hacer.

 

Los papeles que adoptamos en la vida quedan estructurados en nuestros cuerpos como nuestro modo de ser en el mundo.  Pero se convierten en el único modo como podemos ser, con lo que limitan seriamente nuestro ser. Ésta es otra manera de decir que el destino de una persona está determinado por su carácter, que a su vez se estructura en el cuerpo por tensiones musculares crónicas. Estas tensiones constituyen «patrones de contención». Nos contenemos, nos sostenemos, nos retenemos, nos mantenemos. La contención es una forma de control.

 

Aunque la contención es inconsciente «la hacemos». Los músculos estriados o voluntarios están bajo el control del yo. Las tensiones crónicas en estos músculos reflejan la inhibición del superyó a la expresión de ciertos sentimientos. Al principio la tensión se creó conscientemente para bloquear la expresión de un impulso que podría provocar una respuesta hostil por parte de nuestros padres. Con el tiempo, la tensión se vuelve crónica y ya no tenemos consciencia de ella. No nos dejamos ser: no permitimos que el flujo de excitación recorra libremente nuestro cuerpo y se exprese. Contenemos nuestra ira, nuestra tristeza y nuestro temor. Contenemos nuestro llanto y nuestros gritos. Contenemos nuestro amor. Lo hacemos porque tenemos miedo a dejarnos llevar, miedo a ser, miedo a vivir.

 

La contención, aunque inconsciente, es una defensa del yo contra ciertos sentimientos que se percibieron como peligrosos en el pasado. Por ejemplo, una persona le tiene miedo a su propia tristeza porque presiente que si se deja llevar por ella, podría caer en una desesperación tan honda que tal vez no sobreviva. O bien, el sentimiento podría ser un temor tan grande que se convierte en un terror paralizante, o una ira tan intensa que provoca deseos de matar. Los sentimientos sexuales pueden ser pavorosos porque se asocian con el miedo a la castración. Por otro lado, CONTENER CONSCIENTEMENTE UN IMPULSO PORQUE EXPRESARLO SERÍA INAPROPIADO O DESACONSEJABLE NO ES UN COMPORTAMIENTO NEURÓTICO. El individuo neurótico teme el sentimiento, mientras que una persona sana puede aceptarlo aunque se abstenga de manifestarlo. Por este motivo, la neurosis debe verse como un temor a ser, como un temor a la vida.

 

Cada vez que un paciente conecta con un sentimiento suprimido y lo libera, disminuye la tensión que lo mantenía en un estado de supresión. Esto aumenta la energía del individuo, pues su respiración se vuelve ahora más profunda y completa. Logra que el cuerpo se tonifique porque la vitalidad, el ser y el sentimiento ya no constituyen el peligro de antes.

El ser es la vitalidad del cuerpo. Cuanto más vital es el cuerpo, mayor es el ser. El ser se contrae por toda tensión crónica que restringe la movilidad, disminuye la respiración y bloquea la expresividad. Se expande cada vez que nos permitimos sentir profundamente y expresar nuestros sentimientos a través de una acción apropiada.

Hay otro aspecto más de la antítesis entre ser y hacer que debemos analizar. Si tenemos miedo de ser, de vivir, podemos esconder este temor por la vía de incrementar nuestro hacer. Cuanto más nos atareemos menos tiempo nos queda para sentir, ser y vivir. Podríamos evaluar nuestra vida por lo que logramos, antes que por la riqueza y plenitud de nuestra experiencia. En mi opinión, el ritmo agitado y casi frenético de la vida moderna es una clara señal del temor que tenemos a ser y a vivir. Y en tanto exista ese miedo en el inconsciente, la persona correrá más y hará más cosas para no sentirlo.

 

Alexander Lowen (1980)