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Miedo a la vida: la sabiduría de Alexander Lowen

Alexander Lowen no es sólo uno de los mejores psicoterapeutas del Siglo XX, además fue un gran ensayista que supo ver como pocos las luces y sombras del ser humano moderno. Su larga y bien vivida vida (falleció a las 98 años con una vitalidad envidiable) son reflejo de su solidez y equilibrio interno. Hoy comparto unas reflexiones extraídas de uno de sus mejores libros “Miedo a la vida”, en la actualidad descatalogado y del que espero pronto vuelva a reeditarse:

 

“La neurosis no suele definirse como miedo a la vida, pero en eso consiste. El individuo neurótico teme abrir su corazón al amor, teme comunicarse o luchar, teme ser enteramente él mismo. Podemos ofrecer una explicación psicológica a estos temores. Abrir el corazón al amor nos hace vulnerables al sufrimiento; comunicarnos nos expone al rechazo; luchar, a la destrucción. Pero hay otra dimensión en el problema. Tener más vitalidad o más sensaciones de las acostumbradas asusta a la persona porque implica la amenaza de abrumar al yo desbordando sus fronteras y socavando su identidad. Estar más vivo y sentir más provoca temor. Traté a un joven de cuerpo mortecino: estaba tenso y contraído, tenía los ojos apagados, la piel pálida y una respiración superficial. Respirando con más profundidad y mediante algunos ejercicios terapéuticos, su cuerpo cobró un poco de vida. Los ojos adquirieron brillo, la piel tomó más color, sintió estremecimientos en algunas partes del cuerpo y empezaron a vibrarle las piernas. Entonces me dijo: «esto es demasiada vida, no lo soporto»

 

Creo que hasta cierto punto todos estamos en la misma situación que ese joven. Queremos tener más vitalidad y sensación, pero eso nos asusta. Nuestro temor a la vida se advierte en el modo en que nos mantenemos ocupados para no sentir, corremos todo el día para no enfrentarnos a nosotros mismos o nos embriagamos con drogas o alcohol para no tener consciencia de nuestro ser interior. Como la vida nos asusta, tratamos de controlarla o dominarla… Lo prioritario, en nuestra cultura, es hacer y lograr. El individuo moderno se esfuerza por tener éxito y no por ser una persona. Pertenece por derecho propio a la «generación de la acción», cuyo lema es hacer más y sentir menos. Esta actitud caracteriza en alto grado a la sexualidad moderna: más acción con menos pasión.

 

Por bueno que sea nuestro rendimiento, estamos fracasando como personas. Creo que en la mayoría de nosotros hay una sensación de fracaso. Tenemos una vaga consciencia de dolor, la angustia y la desesperación que se ocultan bajo la superficie. Pero estamos decididos a superar nuestras debilidades, vencer nuestros temores y dominar nuestras ansiedades; por eso son tan populares los libros de autoayuda y los manuales sobre «cómo hacerlo». Lamentablemente, esos esfuerzos están dedicados al fracaso. Ser una persona no es algo que uno pueda hacer, no es una tarea. Tal vez requiera que pongamos freno a nuestra actividad, que nos tomemos tiempo para respirar y sentir. Al hacerlo, podríamos percibir nuestro dolor, pero si tenemos la valentía de aceptarlo, también nos abriremos al placer. Si podemos afrontar nuestro vacío interior, encontramos satisfacción y plenitud. Si podemos atravesar nuestra desolación, descubriremos la alegría. Y para ese cometido terapéutico es muy posible que necesitemos ayuda.

 

hands-423794_1920El desafío para el hombre modernos es reconciliar los aspectos antitéticos de su personalidad. En el plano corporal, es un animal; en el plano del yo, un aspirante a dios. El destino del animal es la muerte que el yo, con sus aspiraciones divinas, trata de evitar. Pero en el intento de eludir ese destino, el hombre crea otro aun peor: el de vivir con miedo a la vida.

 

La vida humana está llena de contradicciones; reconocerlas y aceptarlas es señal de sabiduría. Tal vez parezca contradictorio decir que aceptar el propio destino lleva a modificar ese mismo destino, pero es así. Cuando uno deja de luchar contra el hado pierde su neurosis (conflicto interior) y gana tranquilidad de espíritu. El resultado es una nueva actitud (sin miedo a la vida) que se manifiesta en un carácter distinto y que se asocia con un destino igualmente distinto. Esa persona conocerá la plenitud de la vida.”

 

Alexander Lowen, Miedo a la vida (1980)