lighthouse-93487_1920

La actitud del terapeuta

Marion Woodman una de las más célebres analistas jungianas cuenta en su libro Coming Home to Myself (Voliviendo a mí misma) la manera sorprendente en que cambió su vida en una sesión con su analista:

 

Era ochentón, y era mi analista.

Yo llevaba seis meses viviendo en Inglaterra

y todavía intentaba ser eficiente.

En nochebuena me enteré de que mi perro

había muerto en un accidente en Canadá.

No quise perder la sesión de aquella tarde hablando de mi perro.

Me presenté tan organizada como siempre.

Al final él se quedó callado,

y me preguntó después qué me pasaba.

Nada, dije yo poniéndome el abrigo.

No has estado aquí, dijo él.

Yo le dije que mi perro había muerto.

Él lloró. Lloró por mi perro.

Me preguntó cómo podía derrochar la nochebuena

charlando, cuando había muerto mi animal del alma.

De pronto, su llanto me hizo sentir

lo que estaba haciendo yo con mi alma.

Lloramos juntos.

Fue entonces cuando comenzó mi análisis.

 

La calidad humana es clave, si la técnica y el saber no van unidos a esta poco se puede hacer. No se trata de que el terapeuta se convierta en el paciente, que se inviertan los roles, pero sí de no dejar de ser humanos. Ya lo dijo Jung  “Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana”.  Como en el ejemplo, el terapeuta con su implicación humana puede ayudar a despertar al paciente. Este incidente supuso para la autora confiar verdaderamente en su analista y en el propio análisis, otorgándole el valor para sumergirse en sus propias profundidades, rescatando partes de sí misma que habían quedado olvidadas en su cuerpo y en su alma.