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Niños felices: adultos felices y plenos

Nada más seguro para conseguir adultos felices que criar niños felices, esto es, atender a sus necesidades básicas, incluyendo la sana función de poner los límites necesarios. Entre estas necesidades, en nuestra sociedad hay que poner el acento en las necesidades de amor y contacto, pues muchas veces por el ritmo de vida, nuestro condicionamiento cultural y otros factores las desatendemos.

Que el cachorro humano necesita de contacto piel a piel y que si este no es satisfactorio puede generar graves problemas psicológicos es algo que sabemos desde los trabajos de Lorenz, Bowly, Spitz, Winnicott y otros que se vienen publicando desde la década de los 60.

Dice el psicoanalista Anzieu en su libro “El Yo piel” citando los trabajos de Montagu (1971):

El gran abanico de actitudes culturales hacia la epidermis y el tacto.

El bebé esquimal es llevado desnudo contra el centro de la espalda de la madre, con el vientre contra su calor rodeado por el vestido de piel de ésta. La madre y el niño se hablan por la piel. Cuando tiene hambre el bebé rasca la espalda de su madre y chupa su piel; ella lo pasa hacia adelante y le da el pecho. La necesidad de moverse se satisface por la actividad de la madre… Va por delante de todas las necesidades del niño que adivina de forma táctil. Es raro que el niño llore. Ella le lametea la cara y las manos para limpiarle porque es caro hacer fundir el agua helada. De aquí la serenidad ulterior de los esquimales frente a la adversidad; su capacidad de vivir con una confianza básica fundamental, en un medio físico hostil; su comportamiento altruista; sus actitudes espaciales y mecánicas excepcionales.

En numerosos países se establecen los tabúes del tacto para proteger de la excitación sexual, para obligar a renunciar al contacto epidérmico global y tierno, al mismo tiempo que se valoran la rudeza de los contactos manuales y musculares, los empujones,  los castigos físicos aplicados sobre la piel.